Fuente: Santiago Roncagliolo (El País)

Durante siglos, los cuentos para niñas las hicieron soñar con princesitas. Ahora sueñan con diseñadoras de moda.

Una tarde, mi pequeña de dos años se engancha a un capítulo deBarbie: La vida en la casa de los sueños. El mundo de Barbie es rosado, con algunos tonos lilas, y la mayoría de sus habitantes son rubias, aunque, como siempre, la mala es morena. En el mundo de Barbie, el máximo reto vital es hornear magdalenas sin ayuda, y el mayor sueño, ser glamurosa. Han inventado una máquina, el “purpurinador”, que hace a las chicas primorosas, aunque si se pasan con la dosis, pueden quedar lilas.

Por supuesto, también hay chicos en el reparto. Uno de ellos se disfraza de monstruo para asustar a Barbie porque, “como todo el mundo sabe, una chica asustada abraza al chico más cercano, y ese seré yo”. Cuando Barbie enfrenta un desafío invencible, como arreglar la batidora, siempre llama a Ken, ese chavalón guapo y atlético que no puede conseguir un trabajo porque no le quedaría tiempo para sacar de apuros a su pobre amiga desvalida.

Le pregunto a mi hija:

–¿Qué te gusta de Barbie?

Me responde, condescendiente, segura de que no he entendido nada:

–Es rosada.

Las chicas como Barbie no me gustan especialmente. Prefiero a mujeres como mi esposa, que tienen un trabajo y a veces visten cosas no rosadas, incluso oscuras. Así que pongo en el DVD una película más clásica, Campanilla: el secreto de las hadas. Una historia de toda la vida: un bosque. Un mundo mágico. Un cuento fantástico. Nada de boutiques.

Me inquieta comprobar que el hada Campanilla también es una fashion victim. Vive en el mundo de la primavera tejiendo cestas junto a un grupo de amigas encantadoras (excepto la morena, claro). Se supone que Campanilla no puede pasar al mundo del invierno, porque milenarias maldiciones podrían caer sobre ella. Pero cuando se acerca a lo prohibido, sus alas brillan con múltiples colores. Y no puede resistirse a repetir la experiencia. Su filosofía de vida es: “¿Qué importa morir si puedes ponerte alas de colorinches?”.

Presa de su ambición de alta costura, Campanilla transgrede los límites de su mundo mágico ataviada con un luminoso abrigo de piel verde de inspiración Armani que diseña ella misma. Pero el castigo por su rebeldía es el más cruel para toda hada: se le rompe un ala. Moraleja: “Hadas, si violáis los preceptos más profundos de la sociedad, se os rasgará el vestido”.

A mi hija le encanta. ¿Por qué?

–Porque es verde.

Decido buscar una película sin rubias. No es nada ideológico, pero me gustaría que mi hija viese algún dibujo animado que no modele la casa Christian Dior. Para variar.

Y encuentro uno que parece perfecto: Monster’s High. Aquí las niñas son vampiras, muertas vivientes, esqueletos, y confío en que sea un alegato por la diver­sidad, un elogio de la tolerancia.

La protagonista de Monster’s High Scaris es una niña lobo: Claudine Wolf. Durante los primeros minutos, logro ilusionarme con sus colmillos sin ortodoncia y sus evidentes síntomas de hirsutismo. He aquí, pienso, una serie políticamente correcta, un ejemplo de pluralismo estético.

Pero una vez más, la rea­lidad traiciona mis ideales. Claudine quiere ser diseñadora de lo que llama “alta lobura”.

Las amigas de Claudine, una troupe de modelos no muertas y mujeres gato, cuelgan en Youtube el vídeo de su desfile de pasarela, porque en el más allá hay 4G. Y los diseños de Claudine llaman la atención de la diosa de la moda Fantasmella Guillotiné. Pero la malvada Fantasmella traiciona a Claudine y la secuestra. Por suerte, hay un príncipe, o, bueno, un licántropo azul que llega a salvarla.

En defensa de la serie, puedo decir que no estigmatiza a las morenas. Ni a las rubias. Ninguna cabellera lleva menos de tres colores. Onda Benetton.

En realidad, no existe una televisión inocente. Hasta las historias más convencionales transmiten modelos de personas, deseos y valores. Durante siglos, el anhelo de las niñas fue convertirse en princesas. Hoy es venderles ropa.

Eso me tranquiliza, porque es un objetivo más democrático y accesible. Cuando le pregunto a mi hija qué le gusta de Monster’s High, responde:

–Son de colores.

–¿Y de qué colores son?

–Rosados.

Entonces pienso, aliviado, que mi pequeña no será nunca una princesa de verdad, pero, si se lo propone, algún día conseguirá un buen trabajo. En el gremio de la moda.